Agens Martin es una artista sutil. Recuerdo más la sensación que sentí que de los cuadros en si que observé. Fue en un cuarto pequeño del enorme conjunto de arte contemporáneo en las afueras de Nueva York conocido como DIA Beacon. Eran seis cuadros, todos del mismo formato y a primera vista parecían idénticos. Los cuadros parecían ser simplemente blancos pero de cierta manera uno intuía que eso no era todo. Al irse acercando, uno descubría las lineas de lápiz mas ligeras que uno se podía imaginar. Parecían ser la marca de la marca. Como si se hubieran trazado en lápiz y luego intentado borrar. La huella del trazo parecía haber permanecido neciamente. La sensación que los cuadros me habían producido era inicialmente una sensación de intriga. Quería saber más de ellos y ellos lo sabían y por eso forzaban a uno a que se acercara más íntimamente a ellos. Luego, al ya revisarlos minuciosamente, me sorprendió su sutileza. Eran cuadros que parecían vibrar. Ellos contenían el proceso mismo de su producción. Ellos mostraban que habían sido hechos con una mano paciente y disciplinada.
Me acerqué a la ficha técnica y leí que la autora era Agnes Martin. Al salir del museo, me aseguré de comprar su monografía. De ahí fui aprendiendo que Agnes Martin dedicó su vida entera a un mismo cuadro, a un cuadro de una retícula que iba cambiando de energía con cada iteración. Para ello hay que aceptar la discrepancia de que Martin pinta lineas a la perfección, pero que su perfección no es la perfección de una computadora. Sus lineas no son impecables, pero son definitivamente controladas, contundentes y por más absurdo que suene como adjetivo, sus lineas resultan humanas. Si uno pone atención, si uno se toma el tiempo de ver los cuadros cuidadosamente, uno vera que las lineas que siguen una retícula preestablecida respetan por un lado la lógica cartesiana que toda retícula exige, pero al mismo tiempo son lineas que trazan una personalidad, un carácter. Ellas nunca son consistentes; ellas registran el pulso de la mano. La presión con las que se han ejecutado va variando, inclusive uno puede llegar a notar el pulso de la mano que las ejecuto, o más bien se tendría que decir la mano que las ejercito. Porque lo que Agnes Martin hace es ejercitar una ejecución tan precisa, tan paciente, que uno pudiera pensar que su labor es un acto meditativo - un mantra manual - ejecutado por la paciencia de la mano que busca trazar una linea recta pero que acepta la vibración de la mano. Así, los cuadros muestran lo que les ha ocurrido para existir. Ellos registran el carácter mismo del trabajo.
Recuerdo haber visto una fotografía de Agnes Martin pintando en su estudio. Ella esta de espaldas. Viste una extraña prenda que parecería un traje de entrenamiento para astronautas. Solo su cola de caballo la distingue. Ella esta cercanamente observando su propio lienzo montado sobre una pared llena de manchas. El cuadro parece vacío en comparación de la saturación de pintura chorreada en el muro pero como todo cuadro de Martin hay algo que lo hace vibrar, por lo tanto asumo que ya contiene capas de lineas imperceptibles de distinguir desde donde esta parado el fotógrafo. Recuerdo también haber leído que su formato preferido de lienzo era de 1.80 metros por 1.80 metros. Si ella extendiera sus brazos en la fotografía, sus brazos tan sólo contendrían el borde del lienzo. Esto me parece importante. Me da la impresión que Martin deseaba habitar sus cuadros. Ellos se vuelven su campo de visión, su territorio de ocupación. Por lo tanto, no me parece que sea accidente que sus lienzos midan lo que un cuerpo humano relativamente mide. Los cuadros de Agnes Martin uno los debe confrontar con el cuerpo entero. Ellos, por más contradictorio que suene, hacen, en su abstracción, espejo al cuerpo. Uno no los observa como observa uno un objeto; uno los ocupa como ocupa uno un paisaje; Uno se siente contenido por ellos. En su abstracción, quizá su percepción se asimila a la sensación que uno percibe al asomarse hacia abajo desde la ventana de una avion, las lineas generan una red de referencias espaciales en donde nos cuesta trabajo situarnos específicamente dentro de ella pero aun así estamos seguros de ser abarcados por ellas.
He escuchado que cuando los galeristas visitaban su taller en el desierto, ella los recibía con una silla estratégicamente posicionada a cierta distancia de los cuartos. Les pedía que se sentaran ahí y permanecían en silencio por más de una hora. Ella no sentía la necesidad de explicar su obra. Ella confiaba que los cuadros mismos se mostrarían. Al trabajar bajo retículas, los cuadros terminan mostrando su propia lógica y su propia estructura. Pero para Agnes Martin la retícula no solo era un soporte estructural, sino que bajo su mano, lograba alcanzar aspectos fenomenológicos, en donde el tacto se vuelve tangible. Después de un periodo de contemplación, los galeristas se paraban en silencio simplemente convencidos que los cuadros tenían la capacidad de hipnotizar al espectador.
Agnes Martin en sí parecía una exploradora de la época de la conquista del Oeste Americano. Su vestimenta era usualmente unos vaqueros y una camisa blanca. Ella cortaba su propia leña. Pero también Agnes Martin parecía una asceta. Su rigor de trabajo era comparable con la de un monje. Ella podía pasar meses sin hablar. Ella aproximaba la vida, como su arte, bajo la noción de que las restricciones abren posibilidades. Así, Agnes Martin persiguió toda su vida una idea: que la ejecución disciplinada de una tarea meticulosa forzaba, como un juego de reglas estrictas, a ser a uno más audaz y creativo.